Mateo y el misterio de la llanta con un diente roto
Edades 6–8
Cuando la bicicleta de Mateo desaparece del bicicletero de la escuela, él toma una lupa y sigue la huella inconfundible de su propia llanta por todo el patio para resolver el misterio.

Mateo frenó en seco junto al bicicletero, y sus zapatillas rasparon el suelo. ¡Nada! Su bicicleta brillante, que esa mañana estaba justo ahí, había desaparecido sin dejar rastro. —Nell —susurró—, aquí pasó algo muy raro. Las orejas de papel de Nell se levantaron de golpe, y un gruñidito curioso le retumbó en el pecho. Esto pedía una investigación de verdad.
Se agachó despacio, con las rodillas apoyadas en el suelo tibio. —Un buen detective nunca adivina —dijo—. Un buen detective observa. Ahí mismo, en el polvo suave, había una marca delgada y curva de una llanta. Sacó su lupa y se acercó mucho. Una muesca diminuta interrumpía la línea lisa, como una pieza perdida de un rompecabezas: pequeña, pero inconfundible.
—¡Un diente roto! —dijo—. Esta llanta tiene un pedacito roto, justo ahí. Si vuelvo a encontrar ese mismo pedacito roto, sabré que es el rastro de MI bici. Dibujó la muesca con mucho cuidado en su libreta, sacando la lengua de pura concentración. Nell movió la cola con fuerza, ¡pum, pum, pum!, contra el suelo, listo para seguir el rastro a donde fuera.



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