Pablo y la piedra que habla

Edades 6–8

Cuando una pelea en el recreo congela las dos mejores amistades de Pablo, él inventa un juego de la “piedra que habla” que le da a cada uno su turno para escuchar, y descubre que pedir perdón primero es lo más valiente y fuerte que ha hecho jamás.

La portada de "Pablo y la piedra que habla"

Tres días. Ese era el tiempo que Pablo llevaba sin hablar con Mara y con Deo. Como un superhéroe que olvidó su propio poder, se sentó solo. “Ellos empezaron”, murmuró. Pero el estómago todavía le pesaba como una roca.

Cada día había más silencio. Mara no quería mirarlo. Deo almorzaba solo bajo el roble. Pablo se repetía que tenía la razón sobre las reglas. Pero tener la razón ya no se sentía bien. Solo se sentía frío.

Esa noche, Pablo encontró en el alféizar de la ventana una piedra gris y lisa, redonda como un huevo. Una idea brilló en su cabeza: ¿y si solo pudiera hablar quien tuviera la piedra en la mano, y todos los demás tuvieran que escuchar de verdad? Su cara cansada se iluminó.

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